¿De qué hablamos cuando hablamos de Storytelling?

IV. Estilo (1/2)

Por Reynaldo Barbarín

Hasta ahora hemos visto por qué son importantes las historias, cómo estructurarlas y dotarlas de contenidos atractivos para las audiencias. Hablamos sobre los paralelismos entre política y ficción, y describimos cómo construir una historia propia sobre estos cimientos. Hoy comenzamos con el elemento más difícil de crear y, sobre todo, mantener a lo largo del tiempo: el estilo. Si bien puede resultar complicado al inicio, tener un estilo bien definido nos ayudará a tomar decisiones en coyunturas específicas que serán determinantes para el éxito y la duración de una carrera política.

            Definir un estilo en política es muy similar a hacerlo en la literatura. Según Iria López[1], un escritor logra su estilo cuando alcanza una voz propia con la que puede narrar sus historias. Y para alcanzar esa voz, la autora sugiere que se necesitan tres cosas: tiempo, práctica y honestidad. Añade que, entre más escriba, más pulirá su estilo. En política, aunque nos demos a la tarea de definir un estilo antes de entrar a la arena pública, será la práctica y el tiempo los que permitirán que el electorado nos conozca, asocie nuestro estilo con nuestro nombre y se identifique con nosotros. Para lograrlo, tendremos que tomar decisiones todos los días, comunicar nuestro punto de vista a los demás, participar en la discusión pública y, sobre todo, realizar acciones consistentes que la gente pueda ver y recordar.

            Son todas esas actividades las que dan forma a nuestra narrativa. Si eres una persona interesada en política, es bastante probable que ya las estés haciendo, incluso sin tener una estrategia narrativa previamente establecida. ¿Pero cómo hacerlo con eficiencia, de manera que la gente volteé a vernos y nos escuche? Lo primero que debemos tener claro, es la diferencia entre contar y mostrar una historia.

            Contamos una historia cuando tomamos el papel de un mensajero transmitiendo un mensaje. Es decir, cuando usamos cualquier medio para decir lo que pensamos, queremos y/o rechazamos. Una persona en política cuenta su historia cuando toma el micrófono y pronuncia un discurso. También lo hace cuando tuitea, postea en otras redes sociales o al dar entrevistas. Incluso cuando habla de sus propuestas en campaña, está contando su historia. Vamos, es el día a día del quehacer político. Sin embargo, para la gran mayoría de la audiencia, una historia contada puede resultar aburrida.

            Por esa razón decimos que es mucho más productivo mostrar una historia que contarla. Mostrar es actuar, sin necesidad de hablar. Es realizar un performance bien planeado con el único propósito de ser vistos por el electorado. Es como cuando protagonizamos una protesta ciudadana y nuestro personaje central va al frente de una marcha multitudinaria. En muchas ocasiones, será más poderosa la imagen de ella, liderando la marcha, que las miles de palabras que pueda pronunciar en su discurso. ¿Recuerdas al exgobernador de Michoacán, Silvano Aureoles, sentado afuera de Palacio Nacional en un banquito que él mismo llevó, esperando ser recibido por el Presidente? Él sabía que no sería recibido y no le importaba. Su propósito no era ese, sino otro que logró sin duda: aparecer en la prensa nacional al día siguiente (y sí, seguro tenía toda una estrategia detrás, pero no entraremos a esa discusión).

            ¿Entonces, qué es más importante, contar o mostrar una historia? Lo cierto es que las dos son necesarias. No puedes mostrar una historia si no cuentas con un sustento narrativo. Es como querer filmar una película sin tener un libreto que, por cierto, no sólo incluye los diálogos, sino también la descripción de los personajes, la ambientación de las escenas y explicaciones sumamente necesarias para el mejor entendimiento del relato. En realidad, el secreto está en encontrar un equilibrio entre las dos técnicas. Si abusamos de contar, seremos aburridos, y si mostramos mucho más de lo que contamos, podríamos parecer vacíos, incoherentes y poco auténticos.

            De ahí la importancia del tercer factor propuesto por López: la honestidad. Para la autora, ser honesto significa no tratar de copiar el estilo de otros escritores. Y sin embargo, reconoce que es difícil crear un estilo propio desde cero. En realidad, a lo que aspiramos es a inspirarnos en otras personas para que, con el tiempo, sea la fusión de todas esas influencias la que termine de forjar nuestro estilo. Se trata de una práctica común en política. Si bien no siempre se reconoce, hay quienes lo hacen abiertamente ¿recuerdas a alguien que constantemente cita a Benito Juárez y Francisco I. Madero?

            Pero este concepto de honestidad no parece ser muy útil debido a que no ofrece ninguna herramienta práctica para trabajar. A fin de resolver este impasse, en la siguiente entrega recurriremos a la neurociencia, específicamente a las técnicas que usa la mercadotecnia para sacarle provecho. Con ello, finalmente tendrás clara la manera más exitosa de construir tu propio personaje, estructurar una historia y dotarla del contenido más atractivo para tu electorado.


[1] Iria López Teijeiro, Cómo escribir una novela. Literautas, 2017.